Cuando el pueblo de Israel salió de Egipto,lo hizo de la manera más
espectacular que podamos imaginar. Salir de Egipto después de cuatrocientos
años de esclavitud ya era un milagro, pero salir como ellos salieron, fue un
portento. No podía ser de otra manera. El mismo Señor Todopoderoso les estaba sacandio
de aquella ignominiosa esclavitud. ¿El destino?: Conquistar la tierra del
amorreo, también conocida com o la tierra de Canaàn. Sin embargo, ellos no
rosiguieron el camino trazado, sino que se establecieron
frente a la Tierra Prometida, y allí, víctimas del m iedo y de la
incertidumbre, comenzaron a murmurar y a rebelarse contra Dios (Deut. 1:6-8).
Ellos fueron testigos de las grandes proezas que el Señor había ejecutado para
librarse de la mano del Faraón. Desde el mismo momento en que Moisés les comunicó
que el Señor los libraría de la esclavitud egipcia, hechos extraordinarios sin
precedentes en la historia, comenzaron a man ifestarse. A peser de haber sido
testigos de primer orden de lo que Dios puede hacer, no por eso se convirtieron
en una generación de conquistadores. Los errores que cometieron, y su
obstinación de no abandonarlos, les hizo divagar por el desierto sin rumbo fijo
y sin destino seguro hasta estancarse.. Pero la intención de Dios no era que
ellos murioeran en el desierto, sino que se constituyeran en una generación de
conquistadores, pero para ser conquistador hay que seguir ciertas pautas: 1)
Para conquistar hay que “ir”. Nadie podrá conquistar nada si insiste en quedarse sentado en el mismo lugar donde siempre ha estado. El salmista
dijo: “…irá andando y llorando el que lleva la preciossa semilla; más volverá
trayendo sus gavillas” Los conquistadores VAN, aunque sea llorando, pero no se
quedan estancados en ningún lugar. 2) Los conquistadores saben que “tomar” y
poseer no es una opción, es su destino. Saben que fueron sacados de Egipto no para divagar por el desierto o quedarse
estancados, sino para conquistar. 3) Quien quiere conquistar no se puede dejar
dominar por el “temor” ni “desmayar”. Seguramente cruzaron por sendas tenebrosas,
pero no pueden permitirse ser doblegados. Ellos tienen un destino: ¡Conquistar! Para conquistar se
requiere un alto nivel de compromiso y
santidad. Dios no puede ser burlado. Es Él quien nos da la victoria, y si
pensamos que podemos jugarle sucio, estaremos cometiendo un grave error. Si
queremos conquistar, tenemos que ser íntegros y transparentes ante Dios. La
santidad no es un requisito para los clérigos, es una condición para tomar y
poseer. 5) Para conquistar hay que confiar en Dios. En sus planes, Él nos ve a
nosotros como conquistadores. El Señor está dispuesto a ir con nosotros, siempre y cuando sea bajo
su voluntad y hacia adelante. Estancarse no es una situación que Dios aprueba.
Él quiere que avancemos y que seamos productivos. ¡Confiémosle a Él nuestros
planes de conquista!
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